La Sierra de Segura VIII

La Sierra de Segura VIII

Río Madera


De Segura parten tres vías: la que volviendo sobre nuestros pasos nos lleva hasta el embalse de El Tranco; la que nos acerca al norte y tras Orcera nos lleva al exterior del Parque por la Puerta de Segura; y el camino que se interna por el nordeste y que nos conduce de nuevo a Santiago. Desde la atalaya del castillo se ven: una inmensidad boscosa al este, y tras líneas de montañas la vista llega a alcanzar las lindes de Albacete. Sólo hay que bajar y seguir; primer cruce a la izquierda, Siles; continuamos a la derecha con destino a Santiago, y a pocos kilómetros encontramos el cruce a la izquierda que recorre el cauce del río Madera en su búsqueda del Segura.


El camino, bordeado de bosque de ribera y de pinos, está jalonado al principio por instalaciones de acampada para grupos; muchas casitas después a lo largo: cortijadas, aldeas y ventas se benefician de la cantidad y calidad de las aguas; restos de instalaciones de aprovechamiento de lo que un día fue la riqueza del país, la madera, abundan en las orillas. Uno se pregunta cómo los gancheros pudieron bajar miles de troncos por la corriente de tan menguado cauce.


Con todos los ríos sucede lo mismo; la cuantía de las precipitaciones regulares desciende mientras que aumentan las trombas de agua que engrosan por momentos los caudales de los ríos haciéndolos devastadores; son cosas del cambio climático al que, según dicen, el hombre ha contribuido en gran medida.


Afortunadamente para todos, la deforestación se ha detenido y los bosques lucen suntuosos bajo la amenaza de los incendios forestales. Justo en el cruce con la venta de Río Madera nos saluda una simpática pareja de ardillas encaramadas al tronco de un pino de la cuneta.

                                                                     

En la venta de Río Madera se puede dormir, comer y comprar alimentos y enseres; también artículos de artesanía de la comarca pero seguimos echando de menos un buen queso de oveja segureña, así que tomamos un café y reanudamos la marcha hacia el Segura, asomándonos de vez en cuando a la limpia corriente del Madera, que se va engrosando con los caudales nada despreciables de las torrenteras y arroyos que bajan por los valles formados entre los imponentes macizos. Paralelos a los ríos ascienden carriles y carreterillas asfaltadas; los indicadores señalan aldeas perdidas en el nacimiento de los barrancos, son aldeas casi todas despobladas, que la nieve deja incomunicadas con frecuencia; pocos van allí; de trecho en trecho se ven los pasos de senderos marcados y numerados; otras veces estos caminos se ven flanqueados por paneles que explican los itinerarios y las características del lugar.


El valle del Río Madera no es muy amplio, pero en el punto en el que confluye con el Segura, más abierto, construye una llanura aluvial donde se han asentado algunos núcleos que se aprovechan de la fertilidad de la vega, tal es el caso de Huelga Utrera, apacible población que suele llenarse de emigrantes los fines de semana.


La carretera discurre ahora en dirección nordeste por la margen izquierda del Segura. Nuestra próxima parada es La Toba, una aldea mayor dividida en tres núcleos que debe su nombre a las formaciones calizas al pie de las que se asienta. Es un poblado realmente singular y acogedor, y, aunque se advierten ya signos de afluencia turística, la presión es soportable, al contrario de lo que sucede en Cazorla.


Para hacer compatible el desarrollo y el nivel de vida de la gente de estas tierras con la rotundamente esencial conservación de los parajes y modos de vida, pienso que habría que restringir la población residente y flotante del entorno; parece una afirmación fuerte, pero sólo veo en eso la solución. Una limitación del número de plazas hoteleras y delimitación de sus ubicaciones, un catálogo de actividades permitidas, subvencionadas algunas (como el caso de ciertas artesanías) por su baja rentabilidad, la recolocación de mano de obra en actividades de conservación, y, llegado el caso, la restricción del número de visitantes ha de ser imprescindible.


Para compensar, las entidades públicas deben satisfacer los gastos extraordinarios que entrañan la equiparación de servicios sanitarios, sociales, educativos y de infraestructura de comunicaciones para una población tan reducida; con ello se contribuirá en una no despreciable cuantía a la mejora de su calidad de vida, aunque el factor más importante de bienestar, la tranquilidad y la naturaleza virgen, por suerte para ellos, ya lo tienen ganado.



La Toba reúne requisitos para disfrutar este género de vida: es una aldea grande en un paraje plácido al pie de su murallón de tobas y con el río Segura a sus pies; sin embargo, lo que más asombra al viajero es la exuberancia de sus manantiales. Es la aldea del agua; por cualquier parte corren poderosos chorros que se van uniendo a medida que buscan el nivel del río: diez, doce, catorce... manantiales que surcan los tres núcleos de la aldea. Subiendo cien metros desde las últimas casas se descubre la cueva del agua en la base del paredón rocoso; en el interior oscuro se oye el fragor de la caída de un impetuoso chorro. A partir de la boca el agua se canaliza en varias acequias que se desparraman por la aldea sumándose a las que provienen de otros manantiales; así va el río acrecentando su cauce, encaminándose a la quebrada que pone fin a su travesía por la sierra.

 


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